jueves, 17 de abril de 2008

EL SOL ¿UNA ESTRELLA ESPECIAL?

Escrito por Irina Gospich Jovanovich
Alumna de 1º de Bachillerato IES Joan Ramis i Ramis


Imagen del Sol iluminando la Tierra

El Sol como divinidad ha sido puesto en un pedestal a lo largo de muchas épocas y por muy diversas culturas. El hombre ha creado una infinidad de simbologías en la religión, la mitología, la política… donde el astro solar toma una posición fundamental en susodichas creencias.
Desde siempre el hombre se ha preguntado qué hay después de la muerte. ¿Es que sólo nacemos, crecemos, nos reproducimos y finalmente morimos? El deseo de que la respuesta a la pregunta no fuera afirmativa hizo que el hombre buscara una serie de explicaciones mediante las cuales librarse del miedo intenso que ha sentido desde siempre hacia la muerte. Y aquí es donde entra en acción nuestra maravillosa estrella. El Sol es el vivo símbolo de la reencarnación, pues siempre después de morir, vuelve a renacer con la misma alegría.
El hombre prehistórico ya rendía culto al Sol y lo trataba como una divinidad, como el dador de vida.
El historiados griego Herodoto (V a.C.) nos proporciona la descripción que los libios hacían a sus divinidades, asegurando que sólo al Sol y a la Luna consagraban sacrificios.
La tribu de aborígenes canarios llamada awara, desarrolló el culto al comportamiento del cielo, donde el Sol es la principal divinidad, el que organiza la naturaleza, el que proporciona luz, vida y el que aleja la oscuridad y el terror.
En la mitología egipcia, el dios Solar Ra fue venerado principalmente en Heliópolis. Durante la dinastía V se asoció a Amón “el oculto”, convirtiéndose en Amón-Ra, principal deidad del panteón egipcio. Los egipcios crearon una maravillosa literatura por lo que al culto solar se refiere: Ra, durante el día, cruza el cielo con su barca solar, Mandyet, y cuando llega a la montaña más occidental, la diosa del cielo, Nut, se lo traga, obligando al dios solar a realizar un viaje por el infierno en su barca nocturna, Mesketet. Justo antes del amanecer, su peor enemigo, Apofis, le aguarda impaciente para llevar a cabo su ataque. Si alguna vez Apofis venciere a Ra, el sol no saldría más.

El culto de Amón-Ra se relaciona con el culto al dios griego Apolo, que en mitología griega representa también el símbolo solar.
Apolo Licio (Museo del Louvre), el más bello y joven de todos los dioses griegos. Apolo fue denominado “el caballero del Olimo”, el más bello y atlético de todos los dioses griegos. En el mundo antiguo, Apolo es el dios que enciende la luz interior, de hecho, la inscripción que figura a la entrada del templo Delfos dice: “Conócete a ti mismo”. Por lo tanto, se crea una simbología con la que explorar y entender lo intrínseco del ser humano. Además, Apolo es el dios que posee la creatividad y la inspiración artística. Las artes son encarnadas por las Musas (cuéntanse ordinariamente nueve y la relación que establecen con Apolo no es concreta: se discrepa entre si fueron sus meras compañeras, amantes o sus hijas), quienes transmiten el saber divino del dios a los humanos.

Situémonos ahora en el Barroco del siglo XVII. El rey Luis XIV de Francia recibió el nombre de rey Sol. Una vez más, se crea toda una simbología con el Sol como protagonista y centro de todas las cosas. Pero esta vez el objetivo era hacer propaganda política, y por supuesto, el monarca es quien encarna la función del astro solar. Luis XIV estableció una monarquía absoluta donde él era la figura central, quien proporcionaba luz y vida a toda su corte, aún más, a toda Francia, la cual giraba entorno al rey, ya que de él dependía su existencia y buen funcionamiento. Esta simbología era transmitida a través de cuadros, imágenes, esculturas y medallones, sobretodo desde el Palacio de Versalles, donde se alojaban el Rey Sol y toda su corte. Y es que incluso la rutina diaria del rey seguía la ruta solar: Su habitación estaba situada en el centro este-oeste del Palacio y él era el primero en ver salir al astro. A partir de entonces, cada acto es realizado, siguiendo la ruta este –oeste solar, de manera premeditada y programada, como si de un ritual se tratase. De esta manera, el rey Sol conseguía, gracias a la protección de los dioses y su propia esencia divina, mantener el orden y el equilibrio cósmico.
El Sol es en efecto, imprescindible para los seres humanos, es más, es el responsable de casi todas las formas de vida conocidas que observamos en el planeta Tierra. Pues la luz provinente del Sol permite a las plantas realizar la fotosíntesis, convirtiéndose éstas en alimento de los seres herbívoros y éstos, a su vez, de los seres carnívoros. Los combustibles fósiles conservan también energía solar capturada hace millones de años por organismos fotosintéticos sepultados bajo tierra y agua. Por tanto, los seres humanos, directa o indirectamente, dependemos del Sol para vivir.


Por lo que respecta a las radiaciones electromagnéticas del Sol, nuestra especie ha experimentado una adaptación del órgano visual que nos permite “ver” los colores que “vemos”. En realidad, el color no tiene existencia material, es simplemente la sensación que a nosotros nos produce el estímulo de la radiación solar, que cuando llega al ojo, éste se encarga de traducir las ondas electromagnéticas de la luz a través de una serie de impulsos nerviosos que se transmiten al cerebro y éste último, es el que determina el color según la longitud de onda que ha percibido. Por ejemplo, la luz de menor longitud de onda que percibe el ojo humano es la luz violeta y la de mayor longitud de onda es la luz roja. Las radiaciones de longitud de onda inferiores al violeta o las superiores al rojo, no producen ningún color visible para nuestra especie.

Como hemos visto hasta ahora, el hombre siempre ha sabido de la importancia del Sol para nuestra existencia, incluso antiguamente, cuando no se poseían los conocimientos científicos de que hoy disponemos. Hoy sabemos que el Sol es del todo imprescindible para el desarrollo de la vida en nuestro planeta. No obstante, si lo miramos desde un punto de vista más amplio, más objetivo, el Sol no es una estrella tan especial en un Universo con millones de éstas. Se ha calculado que tan sólo la Vía Láctea, la galaxia donde se encuentra el Sistema Solar, contiene entre 200 000 y 400 000 millones de estrellas y se estima que el número de estrellas en el Universo visible es de 70 000 trillones. Después de considerar estas cifras astronómicas, advertiremos que nuestra querida estrella, tan preciada por los seres humanos, es menos que un granito de arena en un Universo infinito.
Y nosotros, los humanos, somos algo así como lo que dijere Stephen Jay Gould: “…la última gota, de la última ola, del inmenso océano cósmico.

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